Seamos claros: La mayoría de las mujeres cuando hablamos del rol del padre de nuestros hijos dentro de la casa, decimos «él me ayuda con esto y con lo otro». ¡Error! Él no te ayuda porque no es un amigo o un vecino, sino, nada más y nada menos, que el 50 por ciento de la fuerza de trabajo dentro de tu casa.

Yo también cometía el mismo error porque sencillamente fui educada dentro de una cultura machista, como la gran mayoría de las latinas. ¿Esto es un detalle sin importancia?, ¿son solo palabras? Para mi, claramente no en razón de que las palabras suelen convertirse en acciones. Eres lo que dices y lo que dices se convierte en lo que piensas y haces.

Ya sé que cada quien puede referirse al rol del padre de sus hijos como quiera y, quizás, para algunas hablar del hombre como el «ayudante» no sea un problema dentro de la casa. Sin embargo, en mi opinión sí ayuda a prolongar estereotipos arcaicos y contribuye con la desigualdad de género que aún existe contrario a lo que muchos piensan.

No, esto no es un manifiesto feminista, es solo una reflexión sobre el poder de nuestras palabras. A ver, si los dos hacemos parte de la misma familia, ¿por qué lo que yo haga es mi obligación y el rol del padre, una «ayuda»?, ¿cuándo han visto a un hombre preguntarle a otro hombre, tú mujer te «ayuda» con los deberes de la casa? Casi que suena como que nos están haciendo el favor. ¿No creen?

Y es que la cosa no queda ahí. Al hablar del hombre como el «ayudante» de alguna manera lo estamos programando para que cumpla con ese papel asignado y eso simplemente no es justo para nosotras. Entonces, ¿para qué clavarnos el puñal solitas? Además que no hay nada más reconfortante que tener en la familia a un hombre que sabe lo valioso e importante que es y actúa en concordancia con esa creencia.

En mi familia hay un hombre así. Jaime no actúa como el «ayudante». Sabe que es mi compañero de trabajo y que si no cumple con su parte, la casa se cae. De hecho, gracias a que conoce su lugar yo no he perdido completamente la cordura en esos días en los que me siento al borde de un precipicio. Afortunadamente él está ahí para alejarme de la orilla.

Su trabajo ha sido fundamental para mi en estos últimos meses que, tengo que confesarlo, no han sido los mejores en cuanto a la maternidad. Matías está pasando por una etapa de rebeldía cruda y dura en la que cada orden, instrucción o regla es una invitación a desafiarnos.

Por eso, contar con Jaime como mi compañero de trabajo ha sido un gran alivio. Tenerlo de coequipero en la crianza de Matías y en los asuntos familiares es una bendición y algo que siento deberían tener todas las mujeres si empezamos, por lo menos, a cambiar nuestra forma de referirnos a ellos.

Las divorciadas me dirán que en su estado eso no es posible. Yo creo que sí porque aunque no haya un vínculo sentimental o vivan bajo el mismo techo, comparten la custodia de los hijos. Se separaron el uno del otro, pero no de los niños.

Y ustedes, ¿tienen dentro de su casa a un «ayudante» o a un compañero de trabajo?, si respondieron lo primero, ¿se animan a cambiar esa realidad? El «bonus point» es que, incluso, los niños son más felices cuando hay un compromiso compartido.

¡Hasta entonces!

Comparte este artículo en: