Una de las cosas que más difícil me ha parecido de ser mamá es tener que vigilar cada uno de mis comportamientos, palabras y hasta actitudes en cada instante de la vida. ¿Estoy exagerando? No, cuando estás moldeando a un niño pequeño todo lo que haces, es decir el ejemplo que das, cuenta. Puede parecer obvio, y hasta cliché, pero en la práctica es mucho más difícil de lo que parece.

Yo aprendí esto muy a las malas. Vengo de un matriarcado de mujeres de temperamento fuerte e intenso en el que el autocontrol, respirar antes de reaccionar o saber decir las cosas NO eran habituales. Sobra decir que precisamente por eso nunca aprendí a gestionar mis emociones ni supe del término ‘inteligencia emocional’ sino hasta que llegué a la edad adulta.

Luego, en el 2013 me convertí en mamá de Matías y me gané un ‘mini me’ porque justamente salió con mi temperamento. ¡Oops! Cuando llegó a los tres años, ese mini me empezó a copiar mi ejemplo en todo, hasta en los detalles más insignificantes, como mis gestos, la forma de decir las cosas y una gran lista de etcéteras.

Para no hacer la historia muy larga, les contaré solo que me vi en una situación muy difícil al recibir de mi hijo las mismas respuestas que yo daba a los demás. “¿Pues tu qué crees?”, “esto es entre mi papá y yo”, fueron solo algunas de las frases que empecé a escuchar. La cereza en el pastel fue escucharlo decir malas palabras (ya sabes esa de las cuatro letras) y que al reclamarle me dijera que yo la decía, lo cual era cierto.

Yo, muy mamá novata, muy ignorante del camino que me esperaba, empecé a pararlo a las malas, gritando igual que él, exigiéndole que me hablara bien porque “soy tu mamá y me debes respeto”, frase que obvio no funciona con los niños de ahora. Claramente la situación se tornó mucho peor.

No fue sino hasta que entendí que yo debía ser todo lo que pedía en mi hijo que las cosas empezaron a mejorar. Sigue teniendo un temperamento fuerte, obvio, eso viene de nacimiento, pero cada vez recibo menos respuestas del tipo: ¿Si tú lo haces, yo por qué no puedo hacerlo? que me decía cada vez que le pedía algo que yo claramente no hacía. Y tenía razón, ese era el ejemplo que yo le daba.

¿Saben qué tuve que hacer? (y sigo haciendo) cambiar. Reinventarme completamente, no solo en la parte emocional sino en tooodo lo que quiero que Matías haga. Estas fueron algunas de las cosas que tuve que hacer para que me copiara en lugar de estar repitiendo cosas que no empataban con lo que hacía. A veces nos falta mucha coherencia en la crianza y ellos lo ven.

  • Dejar de ver tanta televisión y leer más. Ahora solo lo hago una vez a la semana. Y ¡Voilá! Mati lee ahora más que nunca. Incluso, lo hacemos juntos, el con su libro y yo con el mío.
  • Cuando me enojo, le digo claramente que no me siento bien, le explico mi emoción en lugar de cobrarle mi enojo, respiro. El está aprendiendo a hacer lo mismo, hacemos juntos mindfulness.
  • Meditar, ¡Oh, bendita meditación! La otra vez me sorprendió poniéndose en posición de loto pidiéndome que meditáramos juntos.
  • Hacer ejercicio para que él lo haga. Yo corro y hago yoga, y el está en clases de fútbol y le encanta.
  • Cambiar mi vocabulario. Siempre he sido súper ‘boquisucia’, así que ha sido muy difícil pegarme en el dedo chiquito con el borde de la cama y solo gritar o decir ‘ouch’, sin más. ¿Qué difícil, no?

No es fácil, pero de que se puede, se puede. ¿Qué no te gusta de tus hijos?, pregúntate si, quizás, ellos te están haciendo de espejo para mostrarte algo que no te gusta de ti. ¿Quieres que lea más? lee tu, ¿quieres que coma mejor?, ¿cómo comes tu?, etc. Y tu, ¿haz sentido el poder del ejemplo en la crianza?

¡Hasta entonces!

Comparte este artículo en: